La Balanza

¿Cómo será que Dios decide a cuál jardín o a cuál desierto merecemos ir tras la muerte? 

Tiene que ser una decisión que no sólo se basa en haber profesado la fe.

¿Y los hechos de la vida qué?

Las palabras sin hechos son solo teorías y Dios no quiere teorías sino resultados.

¿Cómo hemos actuado?

¿Hemos incrementado el bien en el mundo?

¿Es suficiente arrepentirse en las últimas horas?

¿Qué ecuación usa Dios para calcular nuestro destino cuando descansemos de esta vida terrenal?

¿Hay escalones en el cielo?

¿Seguiremos siendo agentes de Dios después de nuestro último suspiro, sirviendo de ángeles guardianes a los que necesitan protección y ayuda en esta Tierra?

No creo que nos retiremos.

Los hijos de Dios son obreros del bien más allá de la muerte, eternos guerreros que riegan amor y paz.

¿Pero cómo decide Dios el camino que nos toca seguir andando?

Dios no decide.

La decisión es una palabra que inventó Dios desde el Génesis, la primera palabra después de la luz, la primera tarea del hombre.

Escoger,

decidir si morder para vivir o vivir para morder.

Escogimos vivir de mordiscos, posibilitados por nuestros cultivos de Tierra y nuestro sudor,

Renunciamos al Edén, a nuestra fuente de abundancia interminable.

¿Acaso dónde está Eva para reclamarle?

No podemos estar tan seguros de que nosotros mismos no hubiésemos caído.

Masticar, tragar, y evacuar, día tras día,

Así de transigero es la condena,

Así la sanción de nuestra biología,

Así somos todos, pasajeros,

Viviendo con rabioso anhelo de entrar a otra vida, de entrar a la otra vida,

Y preguntarle a Dios,

¿Cuánto peso en la balanza?

Y preguntarle a Eva,

¿Valió la pena?


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