Ella lo miró por un largo segundo, un segundo más largo que el segundo. Y se encontró en sus brazos, ahí donde sus ojos encontraban la paz. No era de costumbre que estuviera tan sedada, tan rendida, pero esta vez no tenía ganas de nada ni mucho menos ganas de él. De sus brazos sí, pero de él no. Tenía frío y necesitaba paz. Sus labios habían perdido todas las ganas. No tenía ganas ni de su lengua, cosa muy pero muy rara. ¿Qué le había pasado a ella que su lengua no pudiera solucionar? Se durmió en sus brazos y ahí se quedó para siempre.
Mariana nunca fue bella. Sin embargo, Ricardo se enamoró de sus ojos triste. Siempre existe alguien quien aprecia la tristeza y el reto de alegrar a una mujer amarga. Mariana había sufrido mucho desde que nació. Nació con el corazón débil. Tuvieron que resucitarla varias veces porque sus latidos apenas bastaban para distribuir bien la sangre a todo su cuerpecito de niña frágil. Al final, su corazón abrazado era todo lo que Ricardo necesitaba en ese momento para saber que vivió y murió siendo la misma, aunque después de vivir a su lado, menos triste, más bella, y con el corazón más fuerte. Murió por falta de aire a sus pulmones, de un resfriado malo, no de ningún corazón atacado.
Ricardo la enterró y sobre su tumba escribió, “Mariana, una mujer con dos corazones: el de ella, con el que vivió, y el mío, para seguirla amando.” Ricardo vivió dos décadas más pues él era 11 años más joven que Mariana. En ese tiempo no se casó ni se enamoró más. Murió de un ataque al corazón y su única hija Anabel lo enterró junto a su esposa. Sobre su tumba las palabras: “Ricardo, un hombre con el corazón de Mariana.”
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