Amantes de una Noche
La noche estaba inquieta y los dos buscábamos la luna.
Éramos dos extranjeros que nos parecemos a nuestros amantes. Cuando tú me viste
a lo largo del terraplén, sentada en un banquito meciéndome al ritmo de las
olas, tuviste que acercarte. Cuando te acercaste los dos empezamos a llorar. Tu
mujer un buen día no volvió a casa y mi marido se había ido a la guerra.
Suspiramos porque nos añorábamos en ese pequeño instante, nos vimos juntos de
nuevo. El beso rompió la magia de aquella breve ilusión. Mis labios eran más
ásperos y tu nariz me hincaba demasiado la cara. Éramos otros. Apenas nos
podíamos comunicar porque yo no hablaba alemán y tú un español muy
rudimentario. Esa noche verdaderamente no importaron los idiomas ni la
geografía. Sobre la tierra desconocida hicimos el amor. La luna no estaba y la
oscuridad nos albergaba bien.
Unos viven tratando de ser como otros y esa noche
realmente éramos otros, pero actuábamos como si fuéramos los mismos, esos
mismos que estábamos buscando como la luna perdida.
Me vine una sola vez esa
noche, pero tú ninguna. Estabas muy nervioso y querías complacerme. Te
cansaste. Yo también me hubiera cansado. Con la luz del sol se iba tu avión y
antes de despegar me dejaste tu tarjeta comercial que contenía los datos tuyos.
Decía que eres ingeniero químico y me dio tu nombre, Hans. Después de casi un
año, mi amado esposo murió. Ayer me avisaron. Era la noticia que más he temido
en mi vida, pero no sé bien por qué, pensé en ti y busqué aquella tarjeta
empolvada sobre el techo de mi armario. Hans, nunca te agradecí por la
esperanza que me disté. ¿Cuándo nos volveremos a ver? Ojalá estés bien y que,
aunque no sepas leer español, busques la manera de responderme. Mi nombre es
Cecilia. Espero que me recuerdes.
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