El tiempo, el implacable

La vida es larga, dicen.
Pero, ¿y la muerte?

Se arrodilla, se dobla hasta partirse,
se queda corta y baja la cabeza.
La guillotina, todos pasamos por ella.

La muerte es breve,
súbita, instantánea, más que nada permanente,
tal vez por eso larga, larguísima.
Pero en si es el tiempo el que no acaba.

El tiempo, ese largo y manso útero de todo y agujero negro,
el largo que se sigue largando y alargando más.
Cuando se acabe, ¿a dónde irá?

De pequeña oí decir que la niñas buenas iban al cielo,
luego crecí y también fui al cielo,
un vasto espacio monótono y aburrido,
pero sobre todo muy solitario.
Entre su vieja población de canosas nubes,
sólo dormí, como los viejos que siempre duermen.
En el cielo no hay más nada que hacer que no sea dormir.
Me vi flotando sobre toda aquella inmensidad
y me di cuenta que el cielo estaba en la tierra
donde fui, soy, y volvería a ser tan feliz.

Sentiré emoción en mi entierro.
Que mi cuerpo se quede
arraigado a esta tierra que me ha parido tantas veces.
La amo, no sé si pueda amar en otro lado.

Los que inventaron las metáforas imaginaron poco al nombrar el cielo.
Jamás imaginaron que también lo colonizaríamos, 
quizás porque sus mentes ya estaban colonizadas 
y el colonizado no se imagina ser colonizador.

El que es colonizado no debe colonizar.
Quien ha sufrido no debe hacer sufrir.
El que es amado no debe amar.
El amor y amar son siempre la excepción.

Todavía no he ido al infierno, ¿existirá?
Si no existe ¿a dónde vamos los malos?
Si no existe ¿qué inventaremos para que la muerte no sea tan
brevemente insoportable?
Sí, no existe.

La vida es larga, dice la niña mala.
Pero, ¿y la muerte?, pregunta la niña buena.

Las dos, dicen las dos.

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