Cansada se abrió la puerta
luego de algunas lunas azules.
Acostados contábamos los segundos
como maestros de la horología que es
como una orgía que se inmortaliza en un suspiro.
El deseo secuestrado esperaba en silencio y fingía
tener los ojos cerrados.
La espera era suspenderse
entre dos segundos
como péndulos que infinitamente
entorpecían un beso.
El tiempo se equivocó.
Nos equivocamos.
El deseo venció al sueño
y una ciudad se desarmó con
escalofríos.
Cuidado!
Nueva York no es una ciudad dada,
sudada, cuidada del frío...
pero frío tenía que ser porque tu invernadero
no soy yo,
y la cercanía teníamos
que justificarla.
Tú tampoco eres Nueva York.
Sin embargo, mi cuello no ha vuelto
a descansar luego de esa ola
de aliento con la que me embalsamaste
aquella noche inventada
y el frío,
frío violento
me lo pegaste en los labios.
¿Cómo corresponderte, o mejor dicho, a tu cuello, el inolvidable recuerdo de lo prohibido que es ser libre de verdad?
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