Entra un ser parecido a un dios griego
a una sala demasiado vacía,
y no por falta de gente,
sino porque las que había
estaban llenas de nada,
y yo sobresaliendo,
con hambre intelectual y deseo de alguien,
alguien que cure mi insomnio,
alguien con quien poder soñar.
Los saludos fueron banales y las miradas tibias,
y cuando el dios griego abrió la boca
se ensució un poco con mi mente,
se revolcó con mi libertad.
Hablamos hasta agotar todas las palabras del idioma,
se hacía necesario inventar uno nuevo.
Yo quería mantener el diálogo pero no había más que decir,
me asusté cuando mis ojos dejaron de ver los suyos,
y cuando se acercaron a sus labios
le dije al dios griego:
mejor quítate de mi presencia
no vaya a ser que te bese,
y me guste,
y te guste,
y me gustes,
y nos gustemos,
entonces él exclamó,
¿hay mejor diálogo que un beso?
y no se dijo nada más en toda la noche.
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